domingo, 1 de febrero de 2015

Muere José Manuel Lara Bosch, el editor que llevó Planeta al futuro

Tras tres años de una lucha literalmente titánica contra un cáncer de páncreas, el presidente del grupo Planeta, José Manuel Lara Bosch, ha fallecido hoy en Barcelona a los 68 años. La capilla ardiente del también propietario, entre otras empresas, del diario La Razón y presidente de Atresmedia, que engloba las cadenas Antena 3 y la Sexta, se instalará el domingo en el Tanatorio de Sant Gervasi de la ciudad, a las 13 horas. El funeral tendrá lugar el lunes en la Basílica de la Concepció de la capital catalana. Cuando en octubre de 1973 José Manuel Lara Bosch se casó con Consuelo García-Píriz en la localidad natal de ésta, Olivenza (Badajoz), tuvo que, haciendo de tripas corazón, salir al ruedo a dar unos pases de muleta con unos novillos. Con ese arrojo afrontó casi todo en su vida, incluida su larga carrera hasta alcanzar la presidencia del grupo Planeta, primer conglomerado editorial y de comunicación español, y convertirse en uno de los grandes empresarios del país. También lidió así, desde 2011, con un cáncer de páncreas, el que al final ha acabado con su resistencia, a los 68 años. De joven, estudiante en el Liceo Francés de Barcelona junto a su hermano pequeño Fernando, había decidido que no sería editor como su mítico padre José Manuel Lara Hernández sino que acabaría cumpliendo su vocación de urbanista o economista. Logró licenciarse en Económicas, sí, pero esa ciencia la puso pronto al servicio de la editorial: una de las crisis depresivas a las que era asiduo su progenitor comportó que, como primogénito y en una filosofía de monarquía hereditaria empresarial, cogiera momentáneamente las riendas del negocio en 1969. Entraba así en serio, con 23 años, en el mundo de la edición, con alguna premisa clara. “Quiero ser como Hachette”, decía en esos primeros años 70, influido por su formación francófila y el prestigio del fundador del gran imperio editorial galo, que constató en su breve estancia en 1963 en la librería Larousse de París. La otra idea entre ceja y ceja que maduró con el tiempo fue una de sus mayores aportaciones: la figura del que bautizó como “editor activo”, el que no ha de esperar a que le llegue un libro sino que debe inventárselo e ir a la búsqueda de temas candentes y de los autores que los hagan posibles. Decidió que no sería editor como su mítico padre sino que seguiría su vocación de urbanista Él mismo predicó con el ejemplo pronto: un corpachón de casi dos metros y más de cien kilos de peso no le impidió ser un taimado y elástico tejedor de contactos desde muy joven en el contexto del tardofranquismo, cuando olfateó el desplazamiento de los lectores hacia nuevas voces y temas y por una historia del país que iba a cambiar. De ahí su apuesta por el premio Espejo de España que pilotaba Rafael Borrás, donde colocó uno de los títulos más vendidos aprovechando que un camarero le tiró los postres por encima: entre las mujeres que le socorrieron conoció a la viuda del militar Francisco Franco Salgado-Araujo, primo carnal del dictador. De las pacientes visitas a su domicilio para ver lo publicable o no surgiría Mis conversaciones privadas con Franco, su primer gran éxito. También estaría detrás del premio Planeta de 1976, Jesús Torbado, con el oportunista En el día de hoy; o de la apuesta por el “rojerío progre” que simbolizaron Jorge Semprún, Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, todos ellos futuros premios Planeta. A ellos acudió para presidirlos hasta el último momento, a pesar de que el cuerpo ya casi no le seguía, como pudo verse hace apenas unos meses. Figura ascendente, será en su despacho donde en 1982 se firmará la compra de Seix Barral, pistoletazo de una vía de crecimiento paralelo del catálogo y de las ventas del grupo a partir de la adquisición sistemática de otras editoriales. Su imparable carrera (ya en 1983 era vicepresidente de Editorial Planeta) sufrió en cambio un frenazo apenas un año después: problemas de gestión contable de su equipo con el IVA, que se unieron a fuertes discrepancias también por su costosa estrategia de adquisición y gestión de revistas iniciada a finales de los 70 (Opinión; Por Favor; Nueva Historia; Playboy…), le enfrentaron duramente con el patriarca, que le relegó a la división de Planeta-DeAgostini, con el consiguiente ascenso de su hermano Fernando, que pasó a pilotar Editorial Planeta, corazón simbólico del imperio. Su vida podría haber sido otra, pero volvió a cambiar en agosto de 1995, cuando Fernando Lara falleció en accidente de coche tras volver de la presentación de pretemporada del RCD Espanyol, club del que era vicepresidente, cargo que José Manuel, entonces consejero blanquiazul, acabaría asumiendo hasta 1998. “Teníamos dividido el trabajo a través de dos áreas: el Este y el Oeste; mi hermano era para mí un frontón donde impactaban las decisiones estratégicas. Un frontón utilísimo de consulta, de evaluación”, recordaría. Solo dos años después ya sería el consejero delegado de todo el Grupo Planeta (1997), pero no le estaba siendo fácil: tuvo que vencer cierta resistencia de la vieja guardia de la casa, que no movía un dedo sin el consentimiento del “Lara viejo”. Llegaba a la cima con 51 años , pero debía construirse contra la presencia del padre y la memoria omnipotente del hermano. Tenía que volver a saltar al ruedo: el heredero aún no coronado se mostró un auténtico lince de los negocios. Con un régimen de una docena de Coca-Colas al día y tres paquetes de Ducados y un carácter que él mismo admitía “irascible, violento”, como el que tuvo el padre, si bien tamizado por un esforzado autocontrol, fue imponiendo su visión más marcada por la gestión y el márketing que por el tradicional olfato y la intuición. Y estalló su otra faceta, la de voraz empresario, que en apenas 17 años le llevaría a la presidencia del Círculo de Economía (2005) o a la del Instituto de la Empresa Familiar (1997). La muerte de su padre, en 2003 (“Estoy devorado por la admiración hacia él y sería estúpido negarlo”, admitía pocos años antes), no haría más que acentuar esa vertiente. Hábil, supo rodearse de gente muy influyente en el mundo de los negocios que en muchos casos acabaron siendo amigos personales, como Isidre Fainé (La Caixa) y Josep Oliu (Banc de Sabadell, donde formaba parte del consejo de administración desde 2003), sin descuidar nunca la vertiente política: si en la Transición fueron personajes como Pío Cabanillas y muchos dirigentes de la entonces Alianza Popular (a la que la familia dio apoyo económico), frecuentó después comidas y cenas y amistad con José María Aznar, pero se permitió aconsejar al presidente Zapatero o coquetear un tiempo con Jordi Pujol. Declarado “Juancarlista” y sincero en grado extremo, igual que nunca fue de intelectual tampoco ocultó su tendencia política, que en relación a Cataluña quedó clara al afirmar hace dos años que “Si Cataluña fuera independiente, el Grupo Planeta se tendría que ir a Zaragoza, a Madrid o a Cuenca; la independencia es un mal irreparable para unos y otros”, dijo quien ponía en el otro lado de la balanza cierto maltrato fiscal y el hecho de que “Cataluña es un sentimiento que no se entiende en Madrid”. Promovió el “editor activo”, el que no ha de esperar a que le llegue un libro sino que debe inventárselo La suma de la información exquisita de sus amistades y una sagacidad innata para los negocios que afilaba en su favoritas partidas de bridge, hobby que heredó del progenitor, le llevaron a abrir la empresa familiar al mundo de las grandes corporaciones sin limitaciones, estando presente en determinados momentos en, entre otras firmas, Altadis (Tabacalera), Metrovacesa y Vueling (que ayudó a fundar en 2004), mayormente desde Hemisferio, empresa tenedora de los inmuebles del Grupo Planeta pero pronto vehículo de inversión de la familia Lara. En paralelo, como si se tratara de una revancha por su fracaso de juventud con las revistas, promovió fuertes inversiones en medios de comunicación, ahora concentrados en Atresmedia (Antena 3 TV, La Sexta, Onda Cero, Europa FM…), amén de ser accionista de referencia del diario La Razón. Si José Manuel Lara Hernández le prometió a su esposa María Teresa Bosch que cada año por su santo le regalaría una editorial, el hijo José Manuel siguió la metafórica tradición (Paidós, Minotauro, Grup 62, Círculo de Lectores…), cuya guinda llegó en 2008, cuando adquirió Editis, segundo grupo editorial francés, con más de 40 sellos. Hoy el Grupo Planeta tiene un catálogo con 15.000 autores y publica 130 millones de libros al año: llegó donde nunca lo hizo su padre y su hermano, imperio que en la monarquía hereditaria pasará a manos de dos de sus cuatro hijos que trabajan en Planeta, Marta y Jose; este último ya participó hace escasas semanas en la aceleración de la integración de Tusquets, el sello fundado por Beatriz de Moura. Curiosas macrocifras para quien desde que hace tres años le dieran sólo un 20% de posibilidades de sobrevivir al cáncer (“pero no me vine abajo y sentí una especie de transparencia mental”), quizá no hizo más que acentuar su último gran sueño, puro oficio: antes de cumplir los 70, quedarse sólo como presidente de la junta de accionistas y “hacer de editor en el pequeño sello de nuestra fundación; nada, una decena de títulos al año”. Después de lidiar con tanto toro bravo, algo así como volver a aquellos pases de muleta con los novillos.

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